jueves, 3 de mayo de 2012

Quiero ser una orquídea...

Orquídeas en macetas Es una idea que lleva rondándome dos semanas... aproximandamente desde el 21 de abril... quiero ser una orquídea por muchos y diferentes motivos. Oh lo olvidaba, todo esto se lo he pedido a Dios, es para la siguiente vida. Bueno, también puede ser que no haya siguiente vida, pero cuando ves cosas que no hay manera de cambiar, te consuela pensar que habrá otra vida: si es el que algunos llaman cielo... pues solucionado! y si hay otras vidas, pues yo quiero ser una orquídea.

Son bonitas, ya, ya sé, nunca llueve a gusto de todos, pero a mí me parecen bonitas. Precisamente le regalé a mi amiga María unas por su cumpleaños... para que le recordaran la belleza dentro de este mundo y la acompañaran durante su duro camino.

Porque sí, parecen muy frágiles pero no lo son tanto, con unos mínimos cuidado de temperatura ambiente (la de un hogar), agua y alimento con moderación, luz de día cuando toque y, por qué no, unas palabras de cariño de vez en cuando, resulta que duran una barbaridad, renuevan sus flores bastante a menudo y siempre están ahí, suaves, dulces, delicadas, silenciosas...


Una orquídea, por ejemplo, no tiene que sufrir con una linda cabecita recordándole y haciéndole ver lo que para los demás pasa desapercibido. Una orquídea calla, respira y sonríe a su manera, sin importar si en el puente la trasladarán al paraiso o la dejarán en su rincón: hay que reconocer que con muy poquitos cuidados... lo que aguantan (lo sé de buena tinta: todos los veranos me toca lidiar con las de mi madre en vacaciones).

Una orquídea no tiene cachorros humanos que, en el último empujón del año, siguen sin tomar conciencia de que se arriesgan a repetir como no se dejen poner las pilas por ti y, en cambio, te acusan ,a la vuelta del puente, de que les has puesto muchos deberes y que hay que ver cómo te pasas, habiendo decidido sobre la marcha lo que realmente había que estudiar. Una orquídea no sufriría por ello, seguiría luciendo. Yo, en cambio, me enfado, me frustro y lloro porque no se puede luchar al lado de quien no quiere hacerlo.

Una orquídea no tiene ética profesional, ni ganas de hacer las cosas bien, ni amor propio... ni falta que le hace. Por eso si la orquídea fuera a parar a una oficina de trabajo, la colocarían en un sitito para ella y volvería a hacer lo que mejor sabe: estar ahí, suave, dulce, delicada, silenciosa.... Yo, en cambio, me revuelvo contra los browning dispatchers, dícese de los repartidores de marrones, que lejos de ayudarte a hacer tu trabajo, se aprovechan de tu buena fe, de tu gusto por las cosas bien hechas, para exprimirte sin compasión. Cogeré aire que ya casi me tengo que ir a la ducha....

Por último una orquídea no sufre desamor, ni se siente abandonada, ni analiza una y otra vez la situación, intentando encontrar una solución para salvar esa relación que tanto la enamoró. Una orquídea sigue ahí, suave, dulce, delicada, silenciosa... porque es lo que se espera de ella... pensándolo bien... quizá es que esa relación sólo busca en ella esa parte: su compañía, su silencio, su sonrisa y... yo, pobre de mí, tengo una linda cabecita que piensa demasiado y que habla, intenta comunicarse y dialogar. Sí, quizá no deba esperar a la siguiente vida para hacerme orquídea porque eso es lo que ya se espera de mí. Ahora bien... la pregunta sería: me pudriré por dentro si no me dan los cuidados que merezco y necesito?

De perdidos al río, seré orquídea hasta que me seque y ya no tenga nada más que ofrecer....al fin y al cabo, ya habrá otra vida para ser orquídea.

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